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Juegos en el Chamacuero de los años 40
David Manuel Carracedo, Cronista de la ciudad
El juego está presente en el desarrollo del individuo desde sus primeros pasos, “los psicólogos le
reconocen un papel capital en la historia de la afirmación de sí en el niño y en la formación de su
carácter” [1]. Además, el juego es común a todas las culturas en todas las épocas, “la cultura, en sus
fases primarias, se desarrolla en las formas y con el ánimo de un juego” [2]. Siendo así no cabría
imaginar una excepción ni en nuestro país, ni en nuestro municipio. Como no existen fuentes
documentales que nos digan a qué jugaban los niños del posclásico tardío ni del clásico temprano en
la cuenca del río Laja, nos remitimos a rememorar a qué jugaban los niños y las niñas a mediados del
siglo XX en Comonfort. Conviene recordar que en los años cuarenta este no era un pueblo de
economía especialmente boyante, por lo que los juguetes no eran el protagonista principal del juego.
Acudí a platicar con tres añejos chamacuerenses, que amablemente desplegaron el brillo de su
memoria, para permitirnos, mediante sucintos relatos, caminar por el chamacuero de aquel entonces
y conocer a los pequeños que lo habitaban. Claro, se requiere una imaginación prodigiosa, más o
menos la de cualquier infante.
“A los niños de esos años les compraban carritos, o camioncitos de madera; troquitas, también había
de lámina; eran los que más se usaban. A las niñas les compraban muñecas de trapo, muy bonitas, y
en Neutla las de cartón, en la fiesta de Julio. A mí no me compraron muñecas, lo que sí me compraba
mi mamá era una especie de carteritas, de un material parecido al plástico con el que ahora tejen
algunas sillas, de esas sillas como de alambrón. Jugábamos que a la Rueda, rueda de San Miguel, que
a La víbora de la mar, y otros juegos parecidos, se jugaba que a aventar las cebollas: se sentaba una
fila de niñas y la primera debía sacar la cebolla y uno la pepenaba hasta que las sacaba. También se
usaban los patines, de fierro, que se sujetaban a los pies, Me acuerdo que en el año 39 mi hermano se
accidentó, se colgó de un camión con los patines y luego se fue de mosca en el camión. Después de
eso nunca hubo patines en la casa y a la fecha no los hay. Los niños a veces se juntaban con nosotras
a jugar a la Rueda rueda de San Miguel y otros juegos.
Por aquí adelante, en la calle Allende, pasando las cuatro esquinas, íbamos a ver los títeres,
pagábamos nuestra entrada. La señora de la casa era doña sabina. Había unas sillitas y ahí nos
sentábamos a ver los títeres, muy emocionante. Íbamos los de esta misma calle, no sé quién los
operaría, pero yo los disfrutaba mucho. Cuando vuelvo a ver títeres recuerdo aquellas funciones. Otra
cosa que nos gustaba era jugar a la riata, era un mecate común, no había de plástico como ahora, y
era un mecate que se usaba para otra cosa, pero lo usábamos para brincar y para hacer columpios
también, amarrábamos una tablita y lo colgábamos de la rama idónea de algún mezquite” [3].
“En aquel tiempo los Santos Reyes no traían nada, pero las canicas no fallaban, iba uno con su puñito,
pero había que guardar los mejores tiritos, esos los ponía uno aparte del montón, se quedaban en la
bolsa. También éramos buenos para el trompo, cada quien tenía el suyo y solo o con los amiguillos
lo ponía a bailar, en la tierra, en donde fuera. También el balero nos gustaba, había como temporadas,
ratos en que andaba uno y se hacía bueno con el balero, es difícil y si es grandote si pega. También
jugábamos a la cuarta, el otro lanzaba su moneda y uno la suya, después, si quedaba a menos de una
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